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Declaraciones del Presidente en honras fúnebres en Fort Hood

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THE WHITE HOUSE
Oficina del Secretario de Prensa
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PARA PUBLICACIÓN INMEDIATA                               10 de noviembre, 2009

 DECLARACIONES DEL PRESIDENTE EN HONRAS FÚNEBRES EN FORT HOOD 

Fort Hood - III Corps

Fort Hood, Texas

1:55 P.M. CST

EL PRESIDENTE: A la comunidad de Fort Hood, al almirante Mullen; al general Casey; general Cone; secretario McHugh; secretario Gates, y lo que es más importante, a los familiares, amigos y miembros de nuestras Fuerzas Armadas: Aquí nos reunimos llenos de pesar por los trece estadounidenses que hemos perdido; agradecidos por la vida que llevaron, y resueltos a honrarlos por medio del trabajo que seguimos realizando.

Estamos en guerra. Sin embargo, estos estadounidenses no murieron en un campo de batalla en el extranjero. Fueron asesinados aquí, en suelo estadounidense, en el corazón de esta gran comunidad estadounidense. Es este hecho lo que hace que esta tragedia sea aun más dolorosa y más incomprensible.

Para las familias que han perdido a un ser querido, no hay palabras para llenar el vacío que ha quedado. Conocíamos a estos hombres y mujeres como soldados y personas que cuidaban de los demás. Para ustedes eran su padre o su madre, su hijo o su hija, su hermana o hermano.

Pero les diré algo que también deben saber: que sus seres queridos perduran en la vida de nuestra nación. Serán recordados en los lugares donde vivieron y por la gente cuya vida tocaron. La obra de su vida es nuestra seguridad y la libertad que, con demasiada frecuencia, damos por descontado. Cada noche que el sol se pone en un pueblo tranquilo; cada amanecer que la bandera se iza; cada momento que un estadounidense disfruta de la vida, la libertad, y es libre de buscar la felicidad… ése es su legado.

Ni este país ni los valores sobre los cuales fue fundado podrían existir sin hombres y mujeres como estos trece estadounidenses. Y por eso debemos rendir homenaje a cada persona y su historia.

Michael Cahill, oficial técnico, prestó servicios en la Guardia Nacional y trabajó como asistente médico durante décadas. Deja esposa y tres hijos, y estaba tan abocado a sus pacientes que el día que murió había regresado al trabajo apenas semanas después de sufrir un ataque cardiaco.

El mayor Libardo Eduardo Caraveo hablaba poco inglés cuando llegó a Estados Unidos de adolescente. Se pagó la universidad, obtuvo un doctorado y estaba ayudando a las unidades a sobrellevar el estrés de la movilización. Deja esposa, hijos e hijastras.                                                       

El sargento Justin DeCrow se enlistó en el Ejército inmediatamente después de terminar la secundaria, se casó con su novia de la escuela y había prestado servicios como mecánico de vehículos ligeros y como operador de comunicaciones satelitales. Era un gran consejero, un optimista empedernido y un amoroso esposo y padre.

Después de retirarse del Ejército como mayor, John Gaffaney asumió el cuidado de los más vulnerables en la sociedad como enfermero psiquiátrico. Pasó tres años tratando de regresar al servicio activo en tiempos de guerra y estaba preparándose para viajar a Irak como capitán. Deja esposa y un hijo.

El especialista Frederick Greene, oriundo de Tennessee, desde hacía tiempo quería enlistarse en el Ejército, y así lo hizo en el 2008 con el apoyo de su familia. Como ingeniero de combate era un líder natural. Deja esposa y dos hijas.

El especialista Jason Hunt se acababa de casar y tenía tres hijos. Se enlistó en el Ejército después de acabar la secundaria. Fue enviado a Irak y fue allí, el día que cumplió 21 años, que se volvió a enlistar por seis años más para poder seguir prestando servicios.

La sargento Amy Krueger era una atleta en la secundaria y se enlistó en el Ejército poco después del 11 de septiembre; y desde entonces había regresado a contarle sus experiencias a los estudiantes. Cuando su madre le dijo que no podía atrapar a Osama bin Laden ella sola, Amy replicó: “Vas a ver”.

El cabo Aaron Nemelka era un Eagle Scout que acababa de inscribirse en uno de los trabajos más peligrosos del Ejército, desmantelamiento de bombas, porque quería ayudar a salvar vidas. Se enorgullecía de continuar la tradición de servicio militar tan arraigada en su familia.

El cabo Michael Pearson amaba a su familia y le apasionaba la música, y su meta era ser profesor de música. Tocaba la guitarra muy bien y podía componer canciones al instante y enseñarles a los demás a tocar. Se enlistó en el Ejército hace un año y estaba preparándose para su primera campaña.

El capitán Russell Seager era enfermero del VA (Departamento de Asuntos de Veteranos), y ayudaba a los veteranos con el estrés post-trauma. Tenía un gran respeto por los militares y se enlistó para prestar servicios a fin de ayudar a los soldados a manejar el estrés de combate y reincorporarse a la vida civil. Deja esposa y un hijo.

La soldado Francheska Vélez, de padre colombiano y madre puertorriqueña, acababa de prestar servicios en Corea e Irak, y su deseo era hacer carrera en el Ejército. Cuando murió, estaba embarazada de su primer hijo y estaba entusiasmada con la idea de ser madre.

La teniente coronel Juanita Warman era hija y nieta de veteranos del Ejército. Crió sola a sus hijas y cursó estudios universitarios y de posgrado. Prestó servicios como enfermera mientras cuidaba a su familia. Deja esposo y dos hijas.

El cabo Kham Xiong vino a Estados Unidos de Tailandia cuando era niño. Era esposo y padre, y se enlistó en el Ejército siguiendo el ejemplo de su hermano porque su familia tiene una larga tradición de servicio. Estaba preparándose para ir a Afganistán.

Estos hombres y mujeres venían de todas partes del país. Algunos tenían muchos años de servicio en las Fuerzas Armadas. Algunos se habían enlistado tras el 11 de septiembre. Algunos habían participado en intenso combate en Irak y Afganistán, y otros cuidaban de quienes lo hicieron. Su vida es testamento de la fortaleza, dignidad y decencia de los miembros de las Fuerzas Armadas, y así serán recordados.

Pues ese mismo espíritu lo encarna esta comunidad de Fort Hood y los muchos heridos que aún se recuperan. Como ya se mencionó, en esos terribles minutos del ataque, los soldados hicieron torniquetes improvisados con su ropa. Le hicieron frente a la balacera para llegar donde los heridos y los llevaron a lugares seguros en la parte posterior de autos y una camioneta pickup.

Una joven soldado, Amber Bahr, estaba tan resuelta a ayudar a los demás que no se dio cuenta de que ella misma había recibido un disparo en la espalda. Dos oficiales de policía —Mark Todd y Kim Munley— salvaron innumerables vidas arriesgando la propia. Un auxiliar médico —Francisco de la Serna— brindó primeros auxilios tanto al oficial Munley como al asesino que le disparó.

Quizá sea difícil comprender la lógica retorcida que llevó a esta tragedia. Pero estoy seguro de esto: ninguna religión justifica estos actos asesinos y cobardes; ningún dios justo y bondadoso los ve con buenos ojos. Sabemos que debido a lo que hizo, el asesino será llevado ante la justicia, en este mundo y el próximo.

Éstos son momentos difíciles para nuestro país. En Afganistán y Pakistán, los mismos extremistas que mataron a casi 3,000 estadounidenses continúan amenazando a Estados Unidos, a nuestros aliados y a afganos y pakistaníes inocentes. En Irak, nos esforzamos por hacer que la guerra tenga un desenlace exitoso, ya que hay quienes aún quieren negarle al pueblo iraquí el futuro por el cual los estadounidenses e iraquíes han sacrificado tanto.

Al enfrentar estos desafíos, las historias de los caídos en Fort Hood reiteran los valores básicos por los cuales luchamos y la fortaleza que nos sostiene. Sus historias describen hombres y mujeres estadounidenses que respondieron a un llamado extraordinario: el llamado a ponerse al servicio de sus compañeros, sus comunidades y su patria. En la era del egoísmo, encarnan la responsabilidad. En la era de la división, nos exhortan a la unión. En la era del cinismo, nos hacen recordar qué tipo de gente somos los estadounidenses.

Somos una nación que perdura debido a la valentía de quienes la defienden. Vimos ese valor en quienes desafiaron balas aquí en Fort Hood, tal como lo vemos en quienes se enlistaron sabiendo que estarían en peligro durante su servicio militar.

Somos un estado de derecho con un compromiso tan firme con la justicia que le brindamos tratamiento médico y un proceso judicial a un asesino, al mismo tiempo que nos aseguramos de que pague por sus crímenes.

Somos un país que garantiza la libertad de culto como cada cual desee. Y en vez de afirmar que Dios está de nuestro lado, recordamos las palabras de Lincoln y siempre oramos para estar del lado de Dios.

Somos una nación dedicada a la idea de que todos los hombres y mujeres han sido creados iguales. Vivimos esa realidad en nuestras Fuerzas Armadas y la vemos en los diferentes orígenes de quienes enterramos hoy. Defendemos esa realidad dentro del país y en el extranjero, y sabemos que los estadounidenses siempre estarán del lado de la libertad e igualdad. Ése es el tipo de pueblo que somos.

Mañana es el Día de los Veteranos. Es una oportunidad para hacer una pausa y rendirles homenaje, una oportunidad para que los estudiantes aprendan las dificultades que los precedieron; para que las familias honren los servicios prestados por padres y abuelos; para que los ciudadanos reflexionen sobre los sacrificios que se han hecho en la búsqueda de un país más perfecto.

Pues la historia está llena de héroes. Quizá recuerden los relatos de un abuelo que marchó a lo largo de Europa; un tío que luchó en Vietnam; una hermana que prestó servicios en el golfo. Pero al rendirles homenaje a las muchas generaciones que han prestado servicios, todos nosotros, cada uno de los estadounidenses, debe reconocer que esta generación ha probado una y otra vez que está a la altura de las anteriores.

No es necesario evocar el pasado para encontrar grandeza, pues está ante nuestros ojos.

Esta generación de soldados, marineros, aviadores, infantes de Marina y guardacostas se ha ofrecido voluntariamente en tiempos de indudable peligro. Son parte de la mejor fuerza de combate que el mundo jamás ha conocido. Han cumplido con periodo tras periodo de servicio en lugares distantes, diferentes y difíciles. Han estado de guardia en desiertos enceguecedores y montañas nevadas. Han llevado la oportunidad de la autonomía a pueblos que han sufrido bajo tiranía y guerra. Son hombres y mujeres; de tez blanca, negra y morena; de todas las religiones y esferas, todos estadounidenses, dedicados juntos a proteger a nuestro pueblo y darles a otros al otro lado del mundo la oportunidad de una vida mejor.

En las guerras de hoy, no siempre hay una ceremonia simple que indica el éxito de nuestras tropas, no hay documentos de capitulación que firmar ni capital que reclamar. Pero el impacto que tienen estos hombres y mujeres jóvenes no es menor: en un mundo de amenazas que no conocen frontera, su legado lo indicará la tranquilidad de nuestras ciudades y pueblos, y la seguridad y oportunidades que se propaguen en el extranjero. Serán testamento del carácter de quienes prestaron servicios y del ejemplo que todos ustedes que visten el uniforme le dan a Estados Unidos y al mundo.

Aquí, en Fort Hood, les rendimos homenaje a 13 hombres y mujeres que no pudieron escapar al horror de la guerra, ni siquiera estando al abrigo de su país. Dentro de un rato, en Fort Lewis, una comunidad se congregará para recordar a los tantos miembros de una brigada Stryker caídos en Afganistán.

Mucho después de que les hayamos dado sepultura, cuando la lucha haya concluido y nuestra nación haya pasado la prueba; cuando los militares de hoy sean veteranos y sus hijos hayan crecido, se dirá que esta generación tuvo fe durante la más difícil de las pruebas; tuvo fe en la perseverancia, no sólo cuando era fácil, sino cuando era difícil; que pagó el precio y asumió la carga de brindarle seguridad a esta nación, y que defendió los valores que todos los pueblos libres llevan en el corazón.

Entonces, nos despedimos de quienes ahora le pertenecen a la eternidad. Seguimos adelante con la búsqueda de la paz que guió su servicio. Que Dios bendiga la memoria de los caídos. Y que Dios bendiga a Estados Unidos de Norteamérica. (Aplausos.)  

                                             FIN                   2:12 P.M. CST